Los centros de datos engullen hoy cantidades asombrosas de electricidad y de agua, y crece un movimiento que pretende mantener la Tierra iluminada a todas horas. Es una idea característicamente occidental, fruto natural de una cultura que siempre ha buscado la belleza en la claridad. Lo que también debería hacernos pensar es la belleza de la sombra.
No se puede conocer la luz sin conocer la sombra, ni la sombra sin conocer la luz. Las dos no están separadas. En el fondo son inseparables, y por eso no se trata de una cuestión estética sobre cuál de ellas es mejor.
Al releer El elogio de la sombra, la célebre meditación de Junichiro Tanizaki sobre la belleza de la penumbra en los tiempos anteriores a la luz eléctrica, empecé a sospechar que, antes siquiera de llegar a «resolver los problemas del mundo», lo que de verdad hemos perdido en los espacios donde vivimos es la luz y la sombra mismas. Lo más importante es mirarnos a nosotros mismos antes de mirar al mundo, y preguntarnos cómo es realmente nuestra vida cotidiana.
Esta sensibilidad parece haberse perdido y, sin embargo, no se ha perdido. Como la luz y la sombra que se mueven juntas, la sensibilidad japonesa late al compás del presente, aquí y ahora. Más que una estética, parece la manera misma de existir de los japoneses, y da la impresión de anunciar hacia dónde vamos.
Desde la era Meiji, la sociedad japonesa no ha dejado de borrar sus sombras, y ese mismo impulso alimentó el crecimiento industrial del país. Ya no tiene sentido preguntarse si la electricidad fue algo bueno. Pero así como el mundo está volviendo a lo analógico como reacción a un exceso de lo digital, un exceso de luz podría provocar un regreso hacia la sombra.
Y no lo digo como una cuestión estética, sino como una forma de recuperar el buen dormir.
Visto así, la estética de Tanizaki quizá hable con más claridad a la gente de hoy si la leemos en un plano más instintivo, más biológico. Vivimos bajo la luz eléctrica a todas horas y nos bañamos en el pequeño resplandor de nuestros teléfonos. La respuesta es sencilla. Recibir luz por la mañana y mantener la noche a oscuras. Esa forma de vivir es lo que de verdad hemos perdido, y aquello a lo que de verdad necesitamos volver quizá no sea nada más que eso.
Los antepasados más refinados de Japón pensaron con cuidado cómo dejar entrar la luz en una casa, e integraron la respuesta en el tejido mismo de la vida diaria. Dicho de otro modo, se esforzaban por no matar las sombras. Lo comprendí por mí mismo por primera vez en la Casa Museo Kanjiro Kawai, en Kioto. Kawai, figura destacada del movimiento de artesanía popular Mingei, vivió las eras Meiji, Taisho y Showa, y su sensibilidad todavía habita la casa.
Yo, en cambio, solo he vivido las eras Heisei y Reiwa, las posteriores a 1989. Nunca conocí Meiji, Taisho ni Showa, y jamás he respirado el aire del «buen Japón de antaño». Y sin embargo, curiosamente, cada vez que tomo una cámara, me descubro fotografiando sombras una y otra vez.
Quizá la belleza de la sombra siga dormida en los genes de nuestro pueblo.














